Los urogallos son aves sedentarias; los desplazamientos que realizan obedecen a las necesidades de localizar alimento en invierno o establecerse e independizarse cuando son jóvenes. Las hembras también tienden a dispersarse durante los primeros meses de vida, pero luego se establecen en una zona concreta.
Es conocido el comportamiento reproductor de esta especie, cuyo macho, desde abril comienza a pavonearse en un pequeño territorio, el “cantadero”, que defiende frente a otros machos y donde atrae a las hembras. Aunque son muy fieles a este territorio, pueden utilizar un espacio de alrededor de 500 ha como terreno de campeo. Los bosques que ocupa actualmente esta especie no superan las 200 ha, lo que los obliga a salir al terreno abierto en sus desplazamientos diarios. No hay que olvidar que el urogallo muestra variaciones estacionales en el uso del espacio, realizando desplazamientos fuera del bosque, en los que utiliza zonas de matorral supraforestal, claros y pedrizas e incluso pastizales, con una frecuencia mayor a la esperada en función de la disponibilidad de estos hábitats en la Cordillera Cantábrica exponiéndose así a los depredadores y recorriendo más espacio para obtener sustento (Varela, 2007).
Por su comportamiento discreto y su vida en hábitat forestales, el urogallo es una especie difícil de estudiar. Un censo o una estimación de su abundancia supone, además de un gran esfuerzo, un enorme conjunto de problemas metodológicos y operativos (Robles et al. 2006).
El comportamiento de los urogallos hace difícil el recuento de ejemplares en los cantaderos. Las hembras sólo visitan la zona de canto en unas fechas concretas y no son localizables antes ni después, por lo que es imposible efectuar un conteo válido de esta parte de la población. Los machos están en el cantadero durante un período más amplio de tiempo, aunque ni están todos los machos de la población, ni cantan todos los que están en el cantadero, ni mantienen el mismo comportamiento todos los días del celo (Robles et al. 2006).